Rodrigo Fuentes tiene las manos de alguien que trabaja con las manos. No es una observación banal: hay algo en la forma en que las usa al hablar, al señalar, al demostrar lo que quiere decir, que sugiere que para él el pensamiento y el movimiento son la misma cosa. Lo encontramos en su taller de Barrio Italia, entre estantes de piezas en distintas etapas de secado y el sonido constante del ventilador del horno.
¿Por qué la cerámica y no otra cosa?
Estudié diseño industrial. Iba bien, me gustaba. Pero en segundo año me metí a un taller de cerámica optativo y algo hizo clic que no había hecho clic con nada más. No sé exactamente qué fue. Quizás el hecho de que el resultado dependía tanto del material como de mí. En diseño digital, si haces algo mal lo deshaces con ctrl+z. En cerámica, si algo sale mal, sale mal. Y si algo sale bien, es porque el material también lo permitió.
Esa falta de control total me enganchó desde el principio.
¿Y la decisión de dejar la carrera?
No fue una decisión heroica. Fue más bien irresistible. En tercer año ya pasaba más tiempo en el taller de cerámica que en las clases de diseño. Un día un profesor me preguntó si sabía lo que estaba haciendo, y le dije que no, pero que lo iba a seguir haciendo igual. Me fui del diseño sin un plan alternativo. Eso fue lo más inteligente que hice en mucho tiempo.
En cerámica aprendes que el horno siempre tiene la última palabra. Puedes hacer todo bien y que algo salga mal. Puedes cometer un error y que algo salga mejor de lo que esperabas. Eso te enseña a relacionarte diferente con los resultados.
¿Qué aprendiste en esos primeros años de taller propio?
Aprendí que el oficio tiene una temporalidad propia que no negocia contigo. La arcilla se seca a su velocidad, no a la tuya. El horno tarda lo que tarda. Si apuras alguno de esos procesos, las piezas se agrietan o explotan en el horno. Eso me enseñó paciencia de una forma que ningún libro ni ningún consejo pudo haberme enseñado.
También aprendí que la mayoría de mis ideas sobre lo que iba a hacer con una pieza eran incorrectas. La arcilla te corrige constantemente. La relación con el material es un diálogo, no un dictado.
¿Cuándo empezaste a enseñar y por qué?
Al principio por necesidad económica. El taller costaba y las ferias no siempre cubrían los gastos. Pero después de la primera temporada de clases descubrí algo que no esperaba: me gustaba enseñar más de lo que esperaba.
Hay algo muy específico en ver a un adulto hacer algo con las manos por primera vez. Una concentración, una vulnerabilidad, una satisfacción cuando algo funciona, que no se parecen a casi ninguna otra experiencia que yo haya visto. Mis alumnos llegan del trabajo, se sientan al torno y en diez minutos están completamente presentes. La arcilla no les da otra opción.
¿Qué aprenden tus alumnos que va más allá de la cerámica?
Aprenden a tolerar no saber. En el trabajo, en la vida cotidiana, la mayoría de las personas tienen estrategias para evitar la incomodidad de no saber. En el taller no puedes. Tienes que sentarte con la pieza que no quedó como querías y decidir qué haces con eso.
También aprenden algo sobre el tiempo. La cerámica es un proceso lento por naturaleza. Desde que trabajas una pieza hasta que la tienes terminada pueden pasar tres semanas. En un mundo donde todo es inmediato, esa espera enseña algo.
¿Qué le dirías a alguien que quiere empezar a hacer cerámica pero no sabe nada?
Que empiece. Sin miedo al principio, sin esperar a tener el equipo perfecto, sin pensar que necesita talento artístico previo. Nadie nació sabiendo centrar arcilla. Todos los ceramistas que conoces, incluyendo los más buenos, hicieron pésimas piezas al principio y siguieron.
Lo que más paraliza a los principiantes es la idea de que tienen que producir algo bueno desde el principio. No. El principio es aprender a estar con el material. Las piezas buenas vienen después, cuando ya tienes una relación con la arcilla.
¿Qué tiene la cerámica que no tiene otra disciplina?
La tierra. Literalmente. Hay algo muy antiguo en trabajar con arcilla. No lo digo de forma mística, sino casi biológica: las manos en contacto con el material, el olor del barro mojado, el peso de una pieza terminada. Es una experiencia que conecta con algo muy concreto. No virtual, no abstracto. Concreto.
Y hay algo en esa concreción que, para mucha gente que trabaja todo el día con pantallas, tiene un efecto de alivio muy real.
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