Rodrigo Fuentes
Ceramista y Profesor de Cerámica · Santiago, Chile
Trabajé quince años con la arcilla antes de enseñar. Primero aprendí el oficio en Valparaíso, después tuve mi propio taller en Santiago, y un día me di cuenta de que lo que más me gustaba era ver a alguien centrar arcilla por primera vez. Desde entonces enseño.
La cerámica me eligió a mí más de lo que yo la elegí a ella. Estudié diseño industrial, pero en el segundo año me metí a un taller de cerámica optativo y no volví a salir. Hay algo en la arcilla que enganchó algo en mí que ninguna pantalla, ningún software y ningún brief de diseño había enganchado antes: la sensación de que lo que tienes en las manos existe de verdad, que tiene peso, que tiene temperatura, que puede fallar y que puede sorprenderte.
Dejé la carrera al tercer año. Mis padres lo tomaron mal. Yo lo tomé como la primera decisión honesta que había tomado en mi vida.
El taller como espacio
Tuve mi primer taller propio a los 28 años, en una bodega que compartía con un fotógrafo en Barrio Italia. Sin calefacción en invierno, con una sola toma de agua. Producía piezas para vender en ferias y a través de encargos. Aprendí más en esos cinco años que en cualquier curso que haya tomado antes.
Lo que aprendí no fue solo técnica. Aprendí que el oficio tiene ritmos propios que no negocian con tu agenda. La arcilla se seca a su ritmo. El horno hace lo que hace. El esmalte corre como quiere. Puedes controlar algunas variables, pero nunca todas. Eso me enseñó una forma de relacionarme con la incertidumbre que ha sido útil fuera del taller también.
La primera pieza que centras en el torno nunca queda bien. La segunda tampoco. La décima empieza a tener algo. La centésima empieza a tener tuyo.
Por qué empecé a enseñar
Empecé a enseñar porque necesitaba el dinero para mantener el taller. Siguí enseñando porque descubrí que me gustaba más de lo que esperaba. Hay algo muy específico en ver a una persona adulta hacer algo con las manos por primera vez. Hay una vulnerabilidad, una concentración y una satisfacción que no se parecen a casi nada.
La mayoría de mis alumnos son personas con trabajos de oficina, de pantalla, de reuniones. Llegan al taller y en diez minutos están completamente silenciosos, completamente presentes. No están pensando en el trabajo. No pueden. La arcilla no les da esa opción.
Lo que enseño y lo que no
Enseño el oficio, no el arte. No porque el arte no importe, sino porque el oficio va primero. Sin dominio técnico, la expresión artística no tiene dónde sostenerse. Primero aprendes a centrar. Primero aprendes a abrir. Primero aprendes a levantar paredes. Después, con esas herramientas, haces lo que quieras.
Lo que no enseño es a hacer piezas perfectas. La perfección en cerámica es un objetivo aburrido y probablemente imposible. Lo que intento enseñar es curiosidad, paciencia y respeto por el material.