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Ana Martínez: «La meditación no es calma. Es distancia»

Instructora de meditación con doce años de práctica, Ana Martínez habla sobre por qué empezamos a meditar por las razones equivocadas, qué cambia cuando lo hacemos bien y por qué el silencio no es el objetivo.

Ana Martínez llegó a la meditación a los 24 años buscando calma. No la encontró. Encontró algo mejor. Doce años después, enseña meditación y mindfulness en Santiago con un enfoque que no le debe lealtad a ninguna tradición en particular, solo a lo que funciona. Hablamos con ella una tarde de junio.

¿Por qué empezó a meditar?

Por ansiedad. No tenía otro nombre para lo que sentía, pero era eso: una mente que no se apagaba nunca, que evaluaba y anticipaba y se preocupaba en loop. Alguien me recomendó meditar. Me senté, intenté no pensar, fracasé completamente, me frustré y decidí que la meditación no era para mí. Eso duró dos semanas. Después volví, porque lo que me había dicho esa persona era que la frustración era parte del proceso, y eso cambió completamente cómo me acerqué a la práctica.

¿Qué cambió cuando lo entendiste mejor?

Entendí que el objetivo no es vaciar la mente. Nunca fue ese el objetivo, aunque así se vende a veces. El objetivo es cultivar lo que los budistas llaman sati, que se traduce como atención o presencia. La capacidad de notar lo que está ocurriendo —incluyendo los pensamientos— sin ser arrastrado completamente por ello.

Cuando entendí eso, la práctica cambió. Cada vez que me distraía y lo notaba, no era un fracaso. Era exactamente el ejercicio. Eso parece un detalle técnico pero cambia todo.

La distracción no es el obstáculo de la meditación. Es la meditación misma. El momento en que notas que te fuiste y vuelves: eso es el ejercicio.

¿Cómo describirías la meditación a alguien que nunca la ha practicado?

Es un entrenamiento de la atención. No de la relajación, no del pensamiento positivo, no de la calma. De la atención. La capacidad de estar presente en lo que está ocurriendo en este momento, incluyendo lo incómodo, sin huir de ello ni quedar atrapado en ello.

La calma puede venir como efecto secundario. Pero si buscas la calma directamente, sueles frustrarte, porque la mente no calma por encargo.

¿Qué errores comete la gente que empieza?

Tres grandes errores. El primero: esperar resultados inmediatos. La meditación no funciona como un ansiolítico. Funciona más como el ejercicio físico: los efectos son acumulativos y requieren semanas de práctica consistente para notarse.

El segundo: meditar demasiado tiempo al inicio. Diez minutos diarios son mucho más valiosos que una hora el domingo. La regularidad es el principio activo, no la duración.

El tercero, que es el más profundo: confundir la práctica formal con la meditación en sí. Sentarse con los ojos cerrados es una forma de entrenar la atención. Pero lo que se entrena en esa práctica es para aplicarlo en la vida: comer con atención, caminar con atención, escuchar con atención.

¿Qué le dirías a alguien que dice que no puede meditar porque no puede dejar de pensar?

Que pensar no es el problema. La mente piensa. Siempre. Los monjes con décadas de práctica siguen pensando mientras meditan. La diferencia es que tienen una relación diferente con esos pensamientos: los ven aparecer y desaparecer sin identificarse completamente con ellos.

La meditación no es no pensar. Es aprender a ver los pensamientos sin creer que eres tus pensamientos.

¿Cuánto tiempo tardaste en notar cambios reales en tu vida?

En los primeros dos meses noté que mis reacciones empezaban a tener más espacio antes de producirse. Antes de enojarme, había un instante, breve pero real, en el que podía elegir cómo responder. Eso no lo había tenido antes. Después de seis meses noté que el nivel basal de ansiedad había bajado. Después de un año ya era una práctica que no imaginaba no tener.

Pero lo que más me cambió no fue la calma. Fue la distancia. La capacidad de observar mis propios pensamientos sin creer todo lo que dicen.

¿Qué recomiendas para empezar hoy mismo?

Pon un temporizador en diez minutos. Siéntate en una silla con la espalda razonablemente recta. Cierra los ojos. Pon toda tu atención en la respiración: el aire que entra, el aire que sale. Cuando notes que tu mente se fue a otra parte —y se va a ir, muchas veces— vuelve a la respiración sin juzgarte. Cuando suene el temporizador, para. Eso es todo.

Haz eso todos los días durante un mes. Después me cuentas.

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