Relato breve

La casa de los espejos

Una historia sobre identidad, recuerdos y lo que preferimos no ver. El suspenso no siempre viene de afuera.

Por Felipe Arancibia · 5 min lectura · Gratis

La casa de mi tío Ernesto llegó a mí en la forma que llegan las herencias incómodas: con un sobre manila, un notario de voz aburrida y la sensación de estar recibiendo algo que nadie más quiso.

Conduje hasta Melipilla un martes de marzo. Era una casa antigua, de adobe y techo de teja, rodeada de eucaliptos cuya sombra hacía el lugar permanentemente frío. Mi tío había vivido allí solo durante los últimos veinte años, desde que mi tía lo dejó sin mayor explicación. La familia nunca habló mucho del asunto.

Lo primero que noté al entrar fue la oscuridad. No la oscuridad de las persianas cerradas —de eso había también— sino una oscuridad más densa, como si el aire adentro fuera de otra naturaleza. Lo segundo que noté fueron las telas.

Los espejos cubiertos

Había espejos en todas las habitaciones. En el pasillo, dos largos y estrechos que iban del suelo al techo. En el dormitorio, uno ovalado de marco dorado. En el baño, el espejo del botiquín y otro más pequeño colgado de un clavo junto a la puerta. En la sala de estar, un espejo veneciano que debió costar una fortuna.

Todos estaban cubiertos con telas oscuras. Paños gruesos de color negro o azul marino, atados con cuerdas o simplemente doblados sobre los marcos. No había un solo espejo descubierto en toda la casa.

Llamé a mi madre esa misma noche.

—Los judíos cubren los espejos cuando hay un duelo —me dijo—. Es una tradición antigua.

—Tío Ernesto no era judío, mamá.

Hubo una pausa.

—No —dijo ella—. No lo era.

Y no dijo más.

Lo que encontré en el cajón

Pasé tres días en la casa ordenando los objetos de mi tío para decidir qué vender, qué donar y qué tirar. Era una tarea más emocional de lo que esperaba: cada cajón contenía décadas de vida, y mi tío había sido de esos hombres que guardan todo —cartas, boletas de almacén, fotografías sin título, llaves de puertas que probablemente ya no existían.

El tercer día, en el cajón inferior del escritorio de la biblioteca, encontré un cuaderno de tapa dura. Era reciente —las páginas no estaban amarillentas— y la letra de mi tío era clara y ordenada, muy distinta a la de los documentos viejos.

Las primeras páginas eran entradas de diario sin mayor interés: el tiempo, lo que había comido, algunas reflexiones sobre libros que estaba leyendo. Pero hacia el final del cuaderno, las entradas cambiaban de tono. Empezaban a repetir una misma idea con variaciones.

"Cubrí el espejo del pasillo hoy. Ya son cuatro. No puedo seguir viéndolo. Él sabe que lo veo."

Y luego:

"El del dormitorio también. No soy yo quien está ahí. O sí soy yo, pero no el yo que debería estar. El otro lleva años mirándome desde adentro y yo he tardado demasiado en entender lo que me quería decir."

Y la última entrada, con fecha de apenas dos semanas antes de su muerte:

"Cubrí el último esta mañana. Ahora puedo descansar. No porque haya desaparecido —sé que sigue ahí, detrás de las telas— sino porque ya no tengo que verme en él. El problema con los espejos no es que nos muestren cómo somos. El problema es que a veces nos muestran cómo fuimos. Y eso es lo que no se puede soportar."

La revelación

Llamé a mi madre de nuevo. Esta vez no me dejó hablar mucho.

—Ernesto tuvo un accidente cuando tenía treinta años —dijo, con esa voz que usan los adultos cuando finalmente deciden contarte algo que callaron durante décadas—. Manejando de noche. Había otro auto. El conductor del otro auto murió.

—¿Era su culpa?

—Nunca se supo con certeza. Él siempre dijo que el otro se había saltado una luz roja. Fue sobreseído. Pero Ernesto... Ernesto nunca se perdonó. Decía que cuando se miraba al espejo, veía al otro. Al que había muerto.

Permanecí en silencio.

—¿Por qué nadie me contó esto antes?

—Porque él pedía que no se hablara del tema. Y lo respetamos. —Una pausa—. Quizás no deberíamos haberlo respetado tanto.

Esa noche, antes de dormir, descubrí el espejo del dormitorio. Me quedé frente a él en la oscuridad, con solo la luz del pasillo entrando por la puerta entreabierta. Vi mi propio reflejo, familiar e inequívoco. Solo el mío.

Y pensé en mi tío pasando veinte años mirando algo diferente cada vez que se paraba frente a un espejo. Pensé en el peso de cargarlo solo. En el silencio que eligió en lugar de contarlo.

No cubrí el espejo de vuelta. Pero tampoco lo saqué de esa casa cuando la vendí. Me pareció que pertenecía allí, con toda su historia encima.

Algunos objetos ya no son solo objetos.

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