Sofía no había vuelto a Valparaíso en diez años. La última vez había sido para el entierro de su abuelo, un hombre silencioso que olía a tabaco y mar, y que le había enseñado a leer en voz alta sentados en la terraza de la casa del cerro Alegre, mirando los barcos entrar al puerto. Ahora volvía para vender esa misma casa.
Compró el boleto de Metrotrén en Alameda con una sensación extraña en el pecho, como cuando uno sabe que está haciendo algo que no tiene vuelta atrás. Llevaba una maleta pequeña —solo tres días, pensó, no necesito más— y una carpeta con documentos que el notario había preparado. Escrituras, poderes, certificados. El peso administrativo de una herencia.
El tren salió puntual. Sofía se instaló en un asiento junto a la ventana y vio Santiago desaparecer lentamente detrás de las construcciones del poniente. Puso los auriculares pero no puso música. Se quedó mirando el paisaje cambiar: el verde escaso de los cerros secos, las parcelas con caballos, los carteles de autopista. Cuarenta minutos que parecían un viaje al pasado.
El encuentro
Fue en la estación de Llay-Llay donde subió él.
Sofía lo vio antes de que él la viera. Reconoció la forma de su cabeza, la manera de caminar con los hombros un poco caídos, como si cargara algo invisible. Matías. Matías Sánchez, con quien había estudiado literatura en la Universidad de Valparaíso y con quien había pasado tres años tratando de entender si lo que sentían era amor o solo la confusión hermosa de tener veinte años y leer a los mismos poetas.
Él levantó la vista escaneando los asientos disponibles y la vio. Se detuvo. Un segundo completo de inmovilidad que a Sofía le pareció eterno.
—Sofía —dijo, como comprobando que era real.
—Matías —respondió ella, y la palabra sonó extraña en su boca, como un idioma que no había hablado en mucho tiempo pero que el cuerpo recuerda solo.
Se sentó en el asiento del pasillo, el único disponible en ese vagón. Hubo un silencio incómodo de veinte segundos que ninguno de los dos supo cómo romper. Fue él quien habló primero.
—¿Volviste a vivir a Valpo?
—No. Voy a vender la casa de mi abuela.
—Ah. La del cerro Alegre.
Sofía lo miró. Él recordaba la casa. Claro que la recordaba: habían pasado tardes enteras allí estudiando, cocinando pasta con lo que hubiera en la alacena, leyendo en voz alta en la terraza. La misma terraza donde su abuelo le había enseñado a leer.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—Vivo allá. Volví hace cuatro años. —Hizo una pausa—. Después del divorcio.
Sofía asintió sin preguntar más. El tren pasó por un túnel corto y quedaron un momento en la oscuridad. Cuando volvió la luz, el paisaje había cambiado: el mar apareció por la ventana como siempre aparece, de golpe y sin aviso, como si hubiera estado esperando detrás de las colinas todo el tiempo.
Lo que no se dijo
Durante el resto del trayecto hablaron de cosas pequeñas. El trabajo de él —daba clases en un liceo del cerro Mariposa, literatura y lenguaje, tercer y cuarto medio. La vida de ella —diseño editorial en Santiago, un departamento en Ñuñoa, una gata llamada Borges. Las cosas que uno cuenta cuando ha pasado mucho tiempo y no quiere entrar demasiado rápido en lo que importa.
Lo que no dijeron: por qué se habían alejado. Eso que había pasado el último verano de la universidad, cuando ella había conseguido una práctica en Buenos Aires y él había esperado que ella no se fuera, y ninguno de los dos había tenido el coraje de decir en voz alta lo que sentía. Sofía había partido. Matías no había contestado sus mensajes al principio. Y luego el silencio se había hecho hábito.
Diez años de silencio tienen una textura particular. No son un vacío: están llenos de preguntas sin respuesta, de versiones alternativas de uno mismo que uno imagina en los momentos de debilidad.
Cuando el tren llegó a la estación Puerto, los dos se pusieron de pie al mismo tiempo y casi chocaron en el pasillo.
—Perdona —dijo Sofía.
—No, yo —dijo él.
Y los dos se rieron, un poco, de esa torpeza simultánea.
La casa del cerro
Él la acompañó. No lo había propuesto ninguno de los dos de forma directa: simplemente, cuando salieron de la estación, ambos tomaron la dirección del ascensor Peral, y cuando llegaron al cerro, ambos siguieron caminando por las calles empedradas como si supieran a dónde iban. Que era la misma dirección.
La casa estaba más pequeña de lo que Sofía recordaba, o quizás ella era más grande. La fachada celeste se había desteñido hasta un azul casi gris, y la madera de la puerta necesitaba pintura. Pero la terraza seguía ahí, y el mar seguía ahí, y el horizonte era el mismo de siempre: infinito y ligeramente melancólico, como deben ser los horizontes de los puertos.
Entraron. El olor a madera vieja y salitre la golpeó de frente. Sofía se quedó quieta en el umbral.
—¿Estás bien? —preguntó Matías.
—Sí. Es que huele igual. Exactamente igual a cuando llegábamos a estudiar y ella nos tenía onces preparadas.
Él asintió. También recordaba las onces. Pan con mantequilla y té con leche servido en tazas de loza azul que todavía estaban, Sofía lo comprobó minutos después, perfectamente ordenadas en la alacena de la cocina.
Se sentaron en la terraza con las tazas de té —ella había encontrado una caja de Supremo en la despensa— y miraron el mar durante un rato largo sin decir nada. Era el tipo de silencio que solo se puede tener con alguien que conoces de verdad, donde no hay que llenar el espacio.
—No la vendas —dijo él, finalmente.
Sofía lo miró.
—No es tan simple —respondió.
—Lo sé. Solo lo digo.
Sofía miró la terraza, las tablas de madera, la barandilla que su abuelo había pintado de blanco algún verano lejano. Miró el mar. Miró a Matías, que sostenía su taza con las dos manos como siempre lo había hecho.
No vendió la casa ese día. El notario tuvo que esperar hasta el día siguiente, y luego hasta el siguiente. Y cuando Sofía finalmente volvió a Santiago, llevaba en el bolsillo el número de teléfono de Matías escrito en una servilleta de la cafetería donde habían almorzado, y la sensación de que algunas cosas, si uno les da tiempo suficiente, no se pierden del todo.
Solo se guardan en la alacena, esperando.