Siempre que hablamos de naturaleza pensamos en destinos: el bosque, la playa, la montaña nevada. Pero la naturaleza no es un lugar. Es una relación. Y como toda relación, puede cultivarse en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que está justo al lado y no miramos.
El árbol que crece entre el concreto de tu calle. La lluvia que golpea la ventana mientras trabajas. El viento que desordena el pelo cuando esperas el bus. Todo eso es naturaleza, si decides nombrarlo así.
El costo de la idea de escape
La industria del bienestar nos ha vendido la idea de que debemos “escapar“ para reconectarnos. Y no está mal. Pero si la reconexión depende solo de esos momentos, volvemos a la ciudad como quien vuelve de vacaciones: con nostalgia, con desconexión aún mayor.
Lo que propongo es otra cosa: encontrar la naturaleza en el entorno urbano. Observar los patrones de luz en la pared a la hora del atardecer. Seguir el crecimiento de una planta en la vereda. Sentarse en el pasto de una plaza y no hacer nada.
Práctica para la ciudad
Esta semana, elige un momento al día. Apaga el teléfono. Busca una ventana, una plaza, un balcón. Y mira. No para fotografiar. No para compartir. Solo para estar ahí. Notarás que el mundo sigue respirando, aunque tú hayas olvidado hacerlo.
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