Valentina Fuentes tiene el taller en la misma casa donde vive, en el Cerro Alegre. La sala huele a arcilla húmeda y hay piezas en todos los estadios posibles: algunas esperando el primer horno, otras ya vidriadas, otras rotas en el borde de una repisa. Me recibe con las manos todavía sucias de trabajo.
¿Cuándo empezaste a hacer cerámica?
Hace ocho años. Venía de trabajar en una agencia de publicidad, diseño gráfico corporativo. Estaba agotada de una forma que no podía nombrar bien. Una amiga me llevó a un taller de cerámica un sábado y me quedé. Literalmente: seguí yendo todos los sábados durante dos años.
¿Qué cambió en ti?
Aprendí a esperar. Eso suena pequeño pero no lo es. En el diseño digital todo es instantáneo: haces un cambio y lo ves en el momento. En cerámica, trabajas algo durante horas y después tienes que dejarlo secar. Tres días, a veces más. Después lo horneas y recién ahí sabes si funcionó. Es completamente opuesto a todo lo que el mundo digital te enseña a esperar. Y esa espera, al principio, era angustiante. Después se volvió lo más valioso.
¿Enseñas ahora?
Sí, desde hace cuatro años. Empecé con talleres los sábados para seis personas. Ahora tengo grupos más chicos, de tres o cuatro. Prefiero eso. Cuando eres menos personas se puede hablar de lo que está pasando realmente. La cerámica es un pretexto para muchas cosas.
¿Cómo son tus alumnos?
Muy distintos. Hay personas que vienen porque quieren aprender una técnica específica, que quieren hacer sus propias tazas. Hay otras que vienen porque están en un momento difícil y necesitan algo que sea completamente distinto a su vida cotidiana. Hay jubilados que nunca habían hecho algo con las manos en su vida. Hay diseñadores que quieren entender los materiales físicos. Todos aprenden algo diferente aunque hagamos lo mismo.
¿Qué le dirías a alguien que quiere empezar pero no sabe si tiene talento?
Que el talento no tiene nada que ver con esto. La cerámica te enseña que tienes que equivocarte muchas veces antes de que algo funcione. Y cuando funciona, lo que sientes no es orgullo: es gratitud. Gratitud hacia el material, hacia el proceso, hacia ti mismo por haber tenido paciencia. Eso no requiere talento. Requiere disposición.
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