Durante décadas, la creatividad y la salud mental se pensaron como mundos separados. La creatividad era el dominio de los artistas, los excéntricos, los que vivían al límite. El bienestar era el dominio de lo equilibrado, lo moderado, lo funcional. Esta separación era falsa. Y la investigación de los últimos treinta años lo ha ido demostrando con creciente consistencia.
Lo que sabemos ahora
La expresión creativa activa circuitos neurológicos asociados con la regulación emocional. Crear no requiere talento: requiere presencia. Y la presencia que genera el acto creativo produce, en el sistema nervioso, un estado similar al que produce la meditación.
James Pennebaker, psicólogo de la Universidad de Texas, ha documentado durante décadas que la escritura expresiva mejora el sistema inmune, reduce visitas médicas y disminuye síntomas de depresión y ansiedad. El mecanismo es la elaboración narrativa: cuando contamos algo, lo organizamos, y organizar lo caótico produce alivio.
Creatividad no es talento
Uno de los mayores obstáculos para la creatividad como práctica de bienestar es la creencia de que para crear hay que ser “creativo“, en el sentido de tener un don natural. Esta creencia deja a la mayoría de las personas fuera de su propio potencial creativo.
La creatividad no es un rasgo. Es una práctica. Y como toda práctica, se desarrolla con tiempo y repetición, no con talento innato.
La propuesta
No hace falta convertir la creatividad en un proyecto. Basta con añadir una práctica pequeña: 15 minutos de dibujo libre sin objetivo de resultado, escribir tres páginas de lo que sea al comenzar el día, cantar en la ducha sin autocensura, reorganizar el espacio de trabajo de manera que te resulte más bonito.
El bienestar no se logra solo con técnicas de relajación. Se construye también con actos de creación.
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