El libro más difícil de escribir no es el primero. Es el que existe únicamente en tu cabeza, desde hace años, esperando el momento correcto. Ese momento no llega. Lo tienes que crear.
La idea de esperar la inspiración es uno de los mitos más dañinos que rodean a la escritura. Los escritores que han publicado libros no esperaron. Escribieron a pesar del mal día, de la incertidumbre, de la voz que decía que no era suficientemente bueno. La inspiración aparece mientras se escribe, no antes.
La pregunta que más importa
Antes de pensar en el título, la estructura o el género, hay una pregunta que vale la pena responder: ¿por qué quieres escribir este libro? No para quién, sino por qué. La respuesta a esa pregunta es la que te sostendrá en los momentos en que escribir se sienta inútil o imposible.
Una vez que tienes esa respuesta, la segunda pregunta es más práctica: ¿cuánto tiempo puedes dedicarle cada día? No cuánto quisiera, sino cuánto puedes de manera realista y sostenida. Treinta minutos diarios producen, en un año, entre 50.000 y 80.000 palabras. Eso es un libro.
El primer borrador no tiene que ser bueno
La escritora Anne Lamott llama al primer borrador el “shitty first draft”, y lo dice en serio: el primer borrador existe solo para que exista algo sobre lo cual trabajar. No tiene que ser coherente, elegante ni publicable. Tiene que existir.
La regla es simple: escribe sin borrar. El juicio, la edición y la autoexigencia son para la segunda lectura. En el primer borrador, la única pregunta válida es: ¿qué viene después? Cuando esa pregunta ya no tenga respuesta, habrás terminado el borrador. Y desde ahí, todo lo demás es trabajo que puedes aprender.
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